lunes, 2 de enero de 2012

Lo políticamente correcto, es tan, pero tan aburrido.


El vecino de a lado no deja de coger,
seguramente es con aquella chica de cabellos rubios y rizados que llega todas
las noches a su departamento. Es necio el tipo. Es el mismo hombre que deja su
perro amarrado en la clavija de su puerta; un dóberman, un perro enorme, más
enorme de lo que son, apenas deja espacio para pasar de ladito. Al tipo parece
no importarle la hora, entre más tarde se hace, más fuerte golpea la cama contra
la pared, la pared que decidí pintar de marrón, mi pared. Antes me importaba dormir
un poco para aguantar el horario de oficina; ya no sé si esta noche dormiré o
si habrá un poco de tiempo para leer uno que otro TUMBLR por la noche.
Imagino cómo le monta su sexo
como si fuera un caballito de feria, cómo humedece la noche en el departamento.
Ella muge como oso, esperando la siguiente embestida. Pregunto si soy el único
en este edificio que escucha lo mismo, un duelo de fulgor, de brillo. Acá de
este lado sólo hay un té a medias, unas galletas que mandó mi madre por el
nuevo año y un sinfín de hojas blancas en pila, polvo y la misma de luz de
siempre. Hay muchos cables en el suelo, serpientes sin enroscar que esperan la
suela de mi zapato para enternecer la noche, para ponerle un poco de bravura. Botellas
que presagiaron una borrachera y una despensa suficientemente estéril para vivir
seis meses más
Está bien si elijo tocar la puerta y simular
haberme equivocado de departamento, resulta que no tengo ni siquiera el ánimo
de salir de este cuarto; Ahí sigue la máquina en la que escribía, aquel teclado
que carece de “F”, “C” y los acentos que se ponen con lapiceros finos. Quizá
mañana o pasado, el año que viene o en un mes, decida desempolvarla.

jueves, 9 de junio de 2011

Vargas Llosa no importa tanto...

Es de noche, todo en ella parece una noche. El cenicero del auto se quedó atorado. Hay tickets de diez Oxxos distintos repartidos como peces fuera del agua por todo su carro, estados de cuenta que nunca enfrió y zapatos bajos en los asientos traseros. Al manejar se mira por el retrovisor y escudriña ese perfil incauto que lentamente se pierde en el rímel que baja a los párpados. Melissa compró libros de Vargas Llosa porque en Liverpool los vendían como “…el escritor que ganó el premio nobel 2010. Fascinante…”. Pensó que uno de esos libros prometía al menos una pequeña aventura. Melissa no es el tipo de mujer que compre libros; incluso a mí me detesta comprar libros, prefiero que me los regalen, o que me los presten, que al caso es lo mismo. De vez en vez me permito leer pequeños libros en las cafeterías más frikis del centro: y es que siento una infinita lástima por comprar libros. Melissa es la primera vez que tiene acercamiento con Vargas Llosa. La gruesa pasta y el titulo misterioso le hacen un hueco en el estómago cada que procura leerlo; tanto como a mí tener que escuchar que le interesa realmente.



Melissa siempre conduce con las luces encendidas y con el quemacocos abierto de regreso a casa por si se me antoja un cigarro. Me habla de cosas que no me importan, de cosas que no tienen significado; pero fingimos que nos interesa.



-Dicen que Vargas Llosa es mitómano. ¿Tú qué crees?- pregunta Melissa.



-Por eso escribe tan bonito.



-¿Me invitas un cigarro?- pregunta.



Yo sigo pensando que aborrezco saludar a mi jefe y que me deje ese olor a Hugo Boss en la mano y que detesto escuchar pláticas sobre autores y libros. Seguramente pensará que en las manos se lleva la alegría y en el olor… ¿la dicha?. El nudo de la corbata se empeña en tener una mancha de café en las mañanas y no es la noticia del día. Hoy, después de leer diez páginas más de Easyway para fumadores, saldré y me fumaré los cigarros del mundo que me quedan por fumar, porque repito: “mañana, el mañana que trasciende, es probable que no llegue”

sábado, 9 de abril de 2011

La muerte chiquita

Emiliano está ahí, sentado sobre los cojines azules de su sala, encogido sobre una tela de peltre con una bolsa de té que no alcanza a manchar el agua. Cada vez que escucha a Tom Waits en la radio sin un vaso de whisky de por medio, siente que está infringiendo una ley universal. Sobrevive a los gritos estruendosos de sus vecinos y al sonido de la moto que recorre su calle una y otra vez hasta que el señor de la pizza encuentra el número correcto. Toma del té y lo coloca en la mesilla. Decide leer un poco de Jimena Alcalá para amedrentar el sueño y descubre entre las hojas amarillas la dedicatoria que una vez se quedó atrapada por siempre con letras cursivas casi ilegibles “Para Emiliano; para que con estos cuentos recorra muchos valles”. Abandona el libro sin saber rebatir a sus recuerdos. Camina hasta el baño donde se mira en un trozo de espejo, toma el cepillo dental, lo coloca debajo del chorro de agua y se lo lleva a la boca con un poco de pasta. En ese momento desea que la corriente de luz se vaya hasta que amanezca, que el polvo que poco a poco se nota en el piso de su casa sea tan ligero que flote hasta salir por las ventanas. Se ha hecho sensible a los detalles: el foco desnudo colgando en el techo, las esquinas de las paredes sin pintar, el yeso desmoronándose en las estatuas de los jardines, la irregularidad del piso siempre húmedo en los campos, las piedritas que quedan en la suela de su zapato, los hilos de la camisas y al olor a fruta en las cocinas del centro. Al terminar escupiendo los últimos rastros de pasta dental, se siente igual de opaco que el resto de los espejos en el baño. Le viene lo mismo de hace días: solo no se anda por el mundo, recorriendo y levantando sueños, porque los sueños no son para andarlos trayendo sueltos en las maletas; habrá en el mundo una fosa de pequeños olvidos, como aquellos lugares donde los muertos guardan su poesía. Emiliano ha tenido que archivarlos hasta debajo de la lengua. Sale del baño sintiéndose afortunado porque no sabe contestar a muchas preguntas que le fueron dadas esta noche. Regresa a los cojines azules. Se mete una pastilla para el insomnio mientras se dispone a contar las moronas de galleta que Cecilia dejó en el sofá antes de marcharse. También pudo darse cuenta que el labial pasaba ligeramente por debajo de los labios de Cecilia poco antes de que ella lo insinuara y el aroma de sus manos que le dejó en el cabello y que no conocía. Esos pequeños detalles a los que Emiliano se ha sometido examinar meticulosamente le han quitado más que el sueño. ¿Acaso hay otra cosa en el mundo que recuerde con tan pocos pormenores? Al fin responde, y sin sentirse más desafortunado, mira el mensaje que llega a su teléfono y por alguna causa, percibe una coma en lugar de un punto que lentamente le vuelve a quitar el sueño.


En tus largos valles que, de mucho recorrer, no encuentro el regreso.

viernes, 11 de marzo de 2011

Bajo Reserva

No siento alivio mirando los diarios, para mañana serán diez muertos. Observo los oficios en mi escritorio con las manos transpuestas hasta que alguien toca mis hombros y pregunta por estas ojeras de campeonato, quizá desaparezcan a la hora de salir, a fumar o tomar un poco de aire. Estratégicamente aflojo el nudo de la corbata y balanceo los pies hacia adelante. Me trueno los dedos. Si quiero terminar el último minuto sentado, esperando frente a mí una reseña, o una pastilla de hierbabuena que saque del pantalón, o un lapicero que se deslice del escritorio, un clip, los pedazos de goma, o el desayuno que dejo a medias.

Que el edificio entero se caiga en mi espalda al saberse incómodo de mí.

Ayer un hombre leía en el metro: Nietzsche para estresados. 99 píldoras de filosofía radical para gente con preocupaciones. ¿Algún suicidio en las vías?, no habría que leerlo sino escucharlo; me uní con una mirada triste, tristísima que al vagón le salían lamentos. Esta noche habrá ruedo en los cafés del norte, los más siniestros yuppies satelúcos hablando de problemas, por hoy: orientales. Y no quiero estar ahí hasta pasadas las once cuando el olor a D&G que desprenden sus camisas se supla por aromas místicos de incienso para ocultar el tabaco, y el sexo; además que la cerveza se consigue por permutas mínimas.

He caído en el fondo del sombrero de un mago sablista. Me he gastado todas las salidas, todos los pasajes sinuosos, todas las horas de ansiedad, todas las excusas, todos los romances, la voz, he gastado hasta la banqueta que se sacude al sentirme; y de paso anótese: me he gastado todas las membresías de Starbucks.

Hablar da risa. Escribir… mata, letra a letra. Al cabo, vámonos todos sintiendo un poco míserables.